LA PRINCESITA

Posted on 20:27:00 by Paco Palafox


LA PRINCESITA
Paco palafox
1999


Ella es una princesita tiene solamente quince años, vive en lo alto de un castillo, algunas veces se asoma a la ventana para ver si su príncipe regresa a sacarla de ahí, de su propio calabozo y llevarla a esa tierra de fantasía que un día le prometió.

La princesita sigue viendo pasar los días, las tardes las noches, mirando a la nada y dejando que en sus mejillas rueden pequeñas lagrimas de melancolía, de amor, de recuerdo y quizá de arrepentimiento.

Los padres de la princesita, también lloran, lloran de enojo, lloran de tristeza, lloran por que nunca tuvieron las atenciones
que la princesa necesitaba, le regalaron joyas, zapatillas de cristal, le crearon sueños, le prometieron un reino que un día iba a poder disfrutar al lado de aquel príncipe, pero hoy, hoy las promesas se han quedado guardadas en el baúl, rodeado de una gran cadena, con una cerradura imposible da abrir, la reina madre se pone a tejer frente a ese baúl, lo ve ahí con melancolía, con los ojos fijos, mientras da una vuelta mas al tejido mira al baúl como queriendo traspasarlo y darle vida a todo lo que guardo en su interior , pero ahora es imposible, dentro está el vestido de infancia de su princesita, el que usó cuando la presentó ante la sociedad, cuando la presumía ante la nobleza, el vestido que la hacia sonreír y lucir diferente, sencilla pero diferente, las princesitas no necesitan de grandes adornos para lucir lindas, la sencillez de su sonrisa las hace brillar, y así era el recuerdo de su princesita, mientras daba otra vuelta al tejido, una gota de lagrima también daba vueltas por la mejilla de la Reina madre.

El padre, el Rey en cambio veía a ese baúl con una mezcla de odio, de frustración y de dolor, sentía arder su sangre, sentía que el reino se caía al pensar que ya nunca podrían abrir ese baúl, recordaba la inocencia de su princesita y con la mezcla de emociones no sabía que expresar.
La familia real estaba ahí, dentro de la oscuridad del castillo y sòlo una pequeña vela a lo lejos alumbraba sólo un poco la estancia real.

Arriba, desde la ventana seguía la princesita, sintiéndose diferente, con la misma mirada fija en la esperanza de algo que sabía que no iba a pasar, sabia que no iba a regresar ese príncipe pero guardaba la fe de volver a sentir la emoción de aquel día cuando lo conoció.


Fue una tarde, ella caminaba en los jardines reales, brincando contenta de saberse princesita, ya había escuchado la advertencia de no salir del castillo, pues afuera de ahí podría encontrarse con gente que no tenía su nobleza, pero como toda chiquilla curiosa, no resistió el acercarse a los limites del castillo real y caminó, subió por entre las enredaderas y alcanzó a ver un mundo maravilloso, diferente al que estaba acostumbrada, nuevas ropas, nuevos sonidos, nuevos sentimientos y un nuevo olor, la princesa estaba emocionada, quería seguir aprendiendo de todo lo que veía, quería salir de su castillo real y poder tocar ese nuevo mundo que estaba ante sus ojos, pero de pronto, al escuchar la voz de su padre que la llamaba a la mesa real, bajo corriendo y fingió que no había visto nada, pero en su mente seguía viva esa imagen de todo ese mundo que no conocía, sus padres trataban de hablarle y ella seguía perdida en sus pensamientos, perdida en su nueva emoción..

Al llegar la noche nuevamente la princesita bajo de su alcoba real y corrió sigilosamente a las enredaderas, subió con cuidado y nuevamente observó; el lugar que la tenía emocionada ahora se empezaba a ver oscuro, las primeras luces artificiales empezaban a alumbrar y las sombras se perdían entre ellas, no alcanzaba a distinguir una
de otra.

Mientras más trataba de esforzarse por reconocer o distinguir, concentrándose en las figuras que veía no se dio cuenta que repentinamente alguien se puso frente a ella, cara a cara le dijo un “Hola” y ella de la sorpresa resbaló por entre las enredaderas y cayó.


Era un joven sonriente, casi de su edad, un poco mayor, quien apenado cruzó las enredaderas y bajó a ayudar a la princesita, la princesita no sabía que decir, se sentía asustada más que por la caída por no saber que decirle al joven, sintió miedo de que sus padres, los reyes pudieran verlo, y aun sentada en el piso le pidió que se fuera, el joven le preguntó que si estaba bien, le dio disculpas por haberla echo caer, pero ella no decía nada, trataba de entre las sombras poder distinguir sus rasgos, era de piel un poco más obscura que ella, de grandes ojos negros y cabello largo, su boca le regalo una sonrisa tímida y ella le contestó con una igual, él le dio la mano para ayudarla a levantarse y sin decir nada se puso de pie. “Eres muy linda”, le dijo el joven.


La princesita aun con expresión de asombro por sentirse tan cerca de alguien tan diferente solo pudo decirle: “Vete, no puedes estar en territorio real, si te ven conmigo nos puede ir muy mal a los dos”. El joven la miró a los ojos perdiéndose en ellos y solamente guardó silencio, caminó de espaldas sin quitar su mirada fija en la de ella y así empezó a trepar de nuevo por las enredaderas, mientras subía, seguía mirando a la princesa, y ella hacia lo mismo, no perdió detalle de esa nueva persona que estaba llegando a su vida, cuando por fin el joven llegó al punto más alto de la enredadera, ya casi para desaparecer le regalo una sonrisa
y con la mano derecha le mandó un beso; no dijo más y desapareció.

La princesita quedó como paralizada por unos segundos, iba a intentar subir de nuevo la enredadera, pero a lo lejos escuchó la voz de su padre llamándola, por última vez volteó a lo más alto de la enredadera como tratando de encontrar de nuevo la imagen e inmediatamente corrió al lado de su padre.


Pasaron un par de días y la princesita se hundía más en sus pensamientos, no podía borrar la sonrisa de ese joven y al pensar en aquel besó, una sonrisa involuntaria se dibujaba en su rostro. ¿Que hay del otro lado del muro de las enredaderas papá?- preguntó mientras comían, “Sólo el pueblo hija, un pueblo sucio y maloliente con gente pobre, gente diferente a ti y a mi”

La respuesta de su padre la hizo dudar, ella no había visto así el lugar, quería verlo de nuevo y comprobar lo que el viejo decía, en su mente planeó salir de nuevo esa noche, tenía miedo de ser descubierta, pero un deseo profundo de ver de nuevo al joven.

Salió a caminar cuando aun era de día por el lugar exacto en donde aquella noche lo conoció, pensaba cual era la forma mas segura de subir sin ser vista y al voltear la mirada, entre la rama de una árbol pudo ver una hoja de papel doblada, le llamo la atención y la bajo, al desdoblar ese papel pudo leer: “Después de sentir el brillo de las estrellas en tus ojos, tus ojos no pueden apartarse de mi mente, soy un príncipe, tu me has hecho sentir así y quisiera verte esta noche en lo más alto de la enredadera, en donde me enamoré de ti”.


La princesita guardo rápidamente la hoja de papel y nerviosa corrió a su aposento, se miró al espejo, volvió a leer la carta y tuvo miedo, un miedo de emoción, se sentó frente a su ventana a esperar que oscureciera, quería estar en la cita, las palabras escritas de aquel joven la hicieron temblar, era la primera vez que alguien le decía algo así.


Estuvo muy al pendiente y cuando vio a sus padres dormir, salió lentamente del castillo cuidando sus pasos de que los mayordomos no la vieran salir, iba arreglada como nunca, su vestido azul contrastaba con el negro de su cabello, sus labios brillaban y sus ojos guardaban la luz de las estrellas, por fin llego al pie de las enredaderas, levantando la cabeza volteaba de pronto al castillo como temiendo ser descubierta, espero unos momentos desde abajo y sentía que el tiempo era una eternidad, llevaba en su mano la hoja de papel y un puñado de emoción.

Esperaba ver al joven en lo alto de la enredadera, pero no llegaba cuando de pronto sintió que alguien le tapó los ojos por detrás suyo, ella tuvo un pequeño suspiro entrecortado de sorpresa y él suavemente solo murmuraba en su oído,”Soy yo, tu príncipe, gracias por venir a la cita princesa”.


Sin decir más las manos de los ojos empezaron a acariciar el rostro de la princesita y sin hablar le dio un beso, y otro más, hablaban con la mirada, nunca dijeron nada, ella era su princesita y ella pensaba que era su príncipe”.


El tiempo pasó y la niña guardaba cada día un vestido diferente en ese baúl, emocionada de sentirse al lado de un príncipe en la oscuridad, guardaba para sí el secreto, y sus citas eran frecuentes al pie de la enredadera, entre las sombras de la noche, entre besos y frases lindas, entre abrazos y siempre a escondidas de los reyes.


La princesita estaba diferente, se sentía diferente y sus padres parecía que no lo notaban, ella reía, sentía que había encontrado el amor, tenía un príncipe que nadie conocía y un corazón alegre.
Una noche, con su vestido púrpura camino para encontrar a su amor, la hora de la cita llegó y él no aparecía, espero unos minutos que se convirtieron en horas y aún con la esperanza de que podría llegar se sentó, el cansancio pudo más y se quedó dormida, abrió los ojos muy de madrugada, con el frío y el rocío del nuevo día, se dio cuenta que su príncipe no estaba, camino de nuevo a su alcoba triste pero con la confianza de que lo vería de nuevo esa noche....pero no fue así, pasó una, dos, tres y varias noches y su príncipe no apareció.

Hubo noches en las que subía a lo alto de las enredaderas para tratar de encontrarlo, para dejarle un mensaje, pero nunca le dijo de donde era, ni quién lo conocía, no sabia que hacer, de pronto aquel príncipe que lo llegó a ser todo para ella, era todo un desconocido....
Pasaron los días y la cara de la princesa empezó a palidecer, los padres se dieron cuenta por fin, la princesita se veía diferente, su vestido oscuro se perdía con las ojeras de sus ojos. ¿Por qué la había dejado sola?

La princesita cayó enferma, estaba en la cama de su alcoba, débil, triste, su madre la cuidaba mientras el anciano medico real revisaba a la princesita.
“Mal de amores” dijo el anciano medico real, esta chica tiene mal de amores. “No puede ser -replicó la madre- es aun una princesita muy joven, además aun no hay un príncipe para ella, ella tiene sangre real y no puede tener mal de amores”. “Reina mía -le decía el anciano- el amor no distingue de sangre o edad y el amor la contagió y ahora lleva dentro de sí el fruto de ese amor”. “No puede ser posible -levantó al voz la reina- es muy joven para ello, no ha conocido príncipe, ¿quién fue?”

La princesita palideció, la reina fue hacia su baúl y encontró sus vestidos de diferentes colores, encontró un perfume que no era de ella, y encontró las hojas que el joven le escribía a la princesita. La madre Reina las leyó y las rompió, lloró de dolor al ver a su princesita en cama, la princesita se asustó, la madre gritó y se fue de la habitación.

El medico anciano real le dijo: “El no era tu príncipe, te engañó, la gente que no es noble se disfraza para engañar, entre la oscuridad no supiste distinguir su rostro; sus palabras envolvieron tu inocencia, sus cartas cobijaron tu frío de amor, hoy tus sueños ya no serán los mismos, los tendrás que modificar, ese falso príncipe no va a regresar, piensa que perderlo fue mejor que tenerlo, ahora dentro de tu ser llevas la esperanza de tu Creador, y estoy seguro que a lo lejos viene de camino el verdadero príncipe, el que tiene la sangre real, el que te va a cuidar, el que te va a amar de verdad”






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